“El virus chino”. Xenofobia en tiempos de pandemia

Gabriela María Cano Salazar

En los años 60s (1968), Harold Garfinkel[1] desarrolla la teoría de la etnometodología apoyado en los escenarios del día a día para realizar “experimentos de ruptura” que consisten en romper el fluir de la vida cotidiana para desnaturalizar y producir una atención sobre todo lo que se da por supuesto en las más pequeñas cosas y en todo tipo de relaciones sociales. Mediante los experimentos de ruptura se hacía patente la importancia de esas normas cotidianas abstractas e implícitas, pero patentes de la vida social

La actual pandemia de COVID19 sirve como algo parecido a un «experimento de ruptura» a gran escala; es decir, un evento que es tan extraordinario que sirve para resaltar las estructuras normalmente implícitas y ocultas que sustentan el buen funcionamiento de la sociedad. Algunos creen que esta situación extraordinaria profundiza cuestiones que estaban presentes y otros creen que saldremos mejores y transformados, lo cierto es que esta pandemia ha dejado expuesto al mundo desarrollado no solo en la imposibilidad del cuidado masivo de sus habitantes, sino también  nos desenmascara en términos personales; muestra quiénes somos y cuán tolerantes, solidarios e incluso democráticos podemos ser como sociedad. 

A continuación, plantearé algunos aspectos que evidencian una posible normalización de estructuras discriminatorias (sociales e institucionales) hacia las personas migrantes y que subyacen a la coyuntura sanitaria actual

Discursos xenófobos y el “chivo expiatorio” como discriminación simbólica y real

Ante los dramáticos impactos de la pandemia, la retórica estatal discriminatoria no es un problema menor. Han sido y son recurrentes los discursos “securitarios” por parte de algunos gobiernos para justificar la falta de asistencia sanitaria a todas las personas por igual, incrementando con ello las narrativas institucionales xenófobas. No sorprende que los líderes que atribuyen el COVID19 a grupos nacionales o étnicos sean los mismos que han convertido la retórica racista y xenófoba en el centro de sus plataformas políticas. 

Por ejemplo, algunos  grupos de supremacía blanca estadounidenses han intentado justificar la calificación del coronavirus como “el virus chino”, argumentando que si las etiquetas públicas del “Sarampión alemán” (1814) o la “Gripe española” (1918) han sido ampliamente aceptadas, ¿por qué no la de “Virus chino”?. Esta retórica alimenta expresiones de intolerancia y discriminación que se materializan en comportamientos sociales como: acoso, discurso de odio, estereotipos discriminatorios y teorías de conspiración, entre otros. Si bien el virus no discrimina entre los contagiados en función de su origen étnico, nacionalidad o estado migratorio; el estigma y la desinformación sí que lo hacen. 

Pero estos discursos no han sido originados por la pandemia actual. Precisamente en 2015, la Organización Mundial de la Salud (OMS) invitó a científicos, autoridades públicas y medios de comunicación a seguir una serie de prácticas óptimas para la denominación de nuevas enfermedades infecciosas humanas, con el fin de minimizar los efectos negativos que una designación inadecuada puede conllevar innecesariamente para las naciones, las economías y las poblaciones.

De otro lado, un lenguaje discriminatorio continuo e incentivado desde la institucionalidad, conduce a la búsqueda de chivos expiatorios a quienes culpar de todos los males sociales y de esta perversa dinámica no se libran quienes vienen de afuera, los inmigrantes. Estas personas o grupos, sufren un castigo por situaciones de las que no son responsables, además de tener la debilidad e impotencia de la víctima para defenderse. 

Hoy en día, el extranjero, el inmigrante pobre e irregular, representa el chivo expiatorio ideal por la agudizada brecha de desigualdad y la competición social entre los más necesitados de la cual hacen parte y en la que están desde el principio en situación de desventaja por venir de fuera. En esta pulsión de defensa, hay nacionales que justifican el uso de la violencia alegando que se trata de salvaguardar la identidad nacional. Las consecuencias de esto para quienes lo padecen son incalculables, pero también padece la sociedad porque se debilita el Estado de derecho. 

Algunos de los principales mitos discriminatorios cotidianos vinculados a la población migrante son: “Vienen a quitarnos el trabajo”, “imposibilitan los accesos a los servicios públicos de los/as nacionales”, “Son delincuentes”, “Son culpables de la inseguridad del país”, “Son ilegales”, “No pagan impuestos”. En relación al coronavirus, se han acuñado otros como “Están infectados/as”, “Son covid-objetivo”, “Deberían estar recluidos”, “No pueden circular libremente”, “Son una bomba de tiempo”, “No hay cama para tanta gente” o “No hay recursos para atenderles”, entre otros. Todos estos mitos desencadenan la espiral de violencia y son muestra fehaciente de un retroceso en materia de derechos humanos. 

Estas ideas o frases aunque aparentemente simples, resultan ser eficaces para  ciertos sectores del poder como partidos políticos, líderes políticos y medios de comunicación, quienes pintan los fantasmas pasados y presentes (problemas estructurales) como enemigos modernos y futuros, ocultando las causas reales de esta fragilidad con la respuesta más fácil: echándole la culpa al de afuera. Frente a la fabricación del chivo expiatorio de la inmigración, es necesario entonces reforzar la idea de que la migración es un hecho social que hace parte de la construcción de una identidad colectiva, apostar por una política educativa para el respeto de los valores de la sociedad de acogida y vigilar la responsabilidad social de los medios de comunicación. 

Estatus de ciudadanía como fundamento para el ejercicio efectivo de los derechos

La discriminación es también un obstáculo para el pleno ejercicio de los derechos de las personas migrantes. La literatura migratoria es amplia en evidenciar como las personas que no son tratadas como iguales a las nacionales; es decir, los extranjeros (especialmente los irregulares), así como los trabajadores fronterizos, refugiados y solicitantes de asilo pueden verse afectados de manera desproporcionada en caso de emergencias de salud debido a la concurrencia de barreras políticas, socioculturales, económicas y legales que limitan el acceso y el conocimiento sobre este derecho, e incluso teniendo el  acceso a servicios de salud, tienden a evitarlos por temor a una deportación o actitudes xenófobas y discriminatorias dentro de la sociedad y las instituciones. 

En Colombia, un aspecto que ha quedado al descubierto con la pandemia actual es la desigualdad estructural entre nacionales y extranjeros. Para combatir esta desigualdad, es necesario que desde el Estado se diseñaran e implementaran políticas públicas que visibilicen a la población migrante como sujetos de derechos. En este sentido, si las personas migrantes y refugiadas no son tomadas en cuenta en los planes de prevención y atención, si no hay sanidad para todas y todos, constituirán una población de alto riesgo, situación inadmisible que viene siendo justificada bajo la lógica de la seguridad nacional. 

Las respuestas políticas al COVID19 que estigmatizan, excluyen y hacen que ciertas poblaciones sean más vulnerables que otras son inexcusables, inconcebibles e inconsistentes con las obligaciones internacionales de los Estados en materia de derechos humanos. Comité de las Naciones Unidas, para la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación Racial, ha recomendado que los gobiernos adopten “Planes Nacionales de Acción Contra la Discriminación Racial”. 

Así mismo, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) adoptó la Resolución nº1/2020, “Pandemia y derechos humanos en las Américas” mediante la cual hace un llamado a los Estados a la diligencia debida para que las medidas adoptadas garanticen la protección de los derechos a la vida, salud e integridad física de todas las personas que se encuentren en sus jurisdicciones frente al riesgo que representa la actual pandemia; en específico, a las personas migrantes, solicitantes de asilo, personas refugiadas, apátridas, víctimas de trata de personas y desplazadas internas.

El racismo, la xenofobia y cualquier forma de discriminación u odio, derivados de la pandemia por COVID19, han encontrado una sociedad debilitada que ha permitido que estas formas de desigualdad crezcan y se fortalezcan. Es la primera vez en nuestra vida globalizada que los puentes al mundo fueron cortados, estamos llamados a ser solidarios no cerrarles las puertas ni negarles sus más sentidos derechos vitales. Nos debemos cuidar de buscar culpables fáciles porque la discriminación y la xenofobia son un virus peor que cualquier pandemia y también mata personas. 

Pero ¿es realmente peligrosa la xenofobia? Increíblemente hay quienes se preguntan esto. Al respecto y por fortuna, han ido apareciendo diferentes tipos de estrategias pedagógicas, novedosas, disruptivas e inclusivas con miras a reducir la xenofobia y promover la solidaridad hacia  refugiados y migrantes venezolanos en Colombia. No cabe duda que  contra la xenofobia debe haber pedagogía,  información y educación hacia la inclusión y los beneficios de la migración. 

Finalmente, hay que construir la vuelta a lo cotidiano. Esa nueva normalidad, aunque contradictoriano debe mantener un modelo que normaliza la discriminación. Eso sería tanto como admitir que todo ha cambiado para volver a lo mismo. La pandemia por COVID19 debe ser una buena oportunidad para darnos cuenta que la lucha contra la discriminación es también un camino para aprender nuevas formas de convivir y socializar, pues, esa vieja normalidad condenó a muchas personas a la segregación social y el abandono estatal, ¡NO PODEMOS VOLVER A ELLO!. 


[1] Garfinkel, H. (1968). Estudios en Etnometodología. Pearson Educatión Inc.Prentice Hall.

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